
En esta segunda noche de insomnio no puedo ocultar la tristeza y la angustia que me embargan. El pasado Domingo por la noche vivimos una improvisada Estación de Penitencia. La más triste Madrugada de nuestras vidas, marcada por la tristeza y el desamor. Una negra sombra asechaba a nuestro
Señor. Uno de sus hijos le alzaba la mano con desmedida ira hasta rasgar sus vestiduras y causar un daño en su brazo derecho que quedaba desprendido. Los fieles que rezaban en la Basílica sorprendidos asistían a fatal desencuentro. En a penas unos segundos las lágrimas y los lamentos llenaban el Templo. Un rumor se expandía por la Ciudad sembrando destemplanzas y dolor por cada lugar. La Sevilla devocional clamaba contra la injusticia y el desplante hacia su
Dios.
Las tranquilizadoras palabras de nuestro Hermano Mayor atenuaban en importante medida los efectos sufridos en los devotos como consecuencia del desaire y brutal ataque a
Jesús del Gran Poder. En principio el daño físico era reparable, no teníamos que preocuparnos al no existir el mínimo atisbo de deterioro en la portentosa Sagrada Efigie del
Señor de Sevilla. En cambio el daño moral se acrecentaba a medida que asimilábamos el triste episodio ocurrido en la Basílica, tras mínimamente superar el estado de shock inicial. Nuestro espíritu estaba profundamente herido.
Los fieles del
Señor hicimos frente común y tratamos de consolar nuestro dolor. Desde entonces no paramos de recibir llamadas y muestras fraternales de ese mismo amor que desde niño percibimos de nuestro
Señor. Son muchas las preguntas y pocas las respuestas. No mereces
Gran Poder nuestras ofensas. Cada día te herimos con nuestras acciones y nuestro egoísmo nos aleja de Ti. En cambio Tú no te cansas de ofrecerte. Cargas la Cruz de nuestras culpas con sufrimiento, abnegación y amor. Te acercas tanto a nosotros que podemos sentir Tu calor, Tu aliento y hasta Tu respiración.
Tu Divina misericordia te hace perdonar a quien te ofendió y nosotros en cambio lo señalamos con dedo acusador, lo juzgamos e incluso lo condenamos.
¿Quién soy yo
Señor para acusar a mi hermano? ¿Soy yo acaso mejor que él?
¿Quién soy yo para juzgarlo? ¿Conozco yo las leyes de mi
Dios mejor que Tú?
¿Quién soy yo para condenarlo? ¿Poseo yo esa potestad?
No, mi
Gran Poder, no puedo sentir rencor por mi hermano. De Ti aprendí a amar y respetar, a sentir en carnes propias el dolor ajeno, a perdonar a quien me ofende y a llorar con los que sufren. Como Tú ofrezco mi mejilla izquierda a quien me golpeó en la derecha. Siento gran compasión por quien te maltrató. La locura y la blasfemia son osadas y no entienden de amor. No somos nosotros nadie para juzgar al hombre. Únicamente nuestro
Señor puede juzgarnos por nuestro corazón y por nuestros actos u omisiones. En ocasiones vemos la paja en ojo ajeno y no percibimos la viga en el propio.
Queridos hermanos míos dejad el odio de lado, los que sentimos sobre nuestro corazón el flechazo de bondad infinita del Señor lejanos estamos de tan oscuro sentimiento. Seguro que Él ya lo habrá perdonado.
Gran Poder, Tú me has ayudado en los momentos difíciles, has estado a mi lado cuando más te necesitaba. Has sido mi amigo, mi consejero y mi consuelo. Has tornado en alegría mi tristeza y me has enseñado a encontrar en las pequeñas cosas la felicidad.
Las lágrimas a penas me permiten ver lo que escribo, pero bien sabe el
Señor que mis primeras oraciones ante Él irán por este hombre que ha cometido una fatal torpeza. Algún día llegará a darse cuenta del daño que pudo hacer y del significado del
GRAN PODER para esta Ciudad. Espero que encuentres consuelo en el descubrimiento de la verdad que mana de ese mismo
Dios al que ofendiste. Te ofrezco mis manos, hermano, para llevarte a los pies del
Señor de Sevilla. Seguro que en su profunda mirada encontrarás el remedio más eficaz para mitigar las dolencias que te encerraron en tu celda de castigo. La ceguera invadió tu alma y en
Dios descubrirás la luz que te revelará las cosas bellas de la vida.
Querido hermano te deseo de corazón que esta tacha no te marque para siempre y que puedas retornar a la senda que
DIOS te marcó en la vida. Eres tan grande
Díos mío que me enseñaste a llamar hermano a quien pudo causarte el mayor daño.
Gracias te vuelvo a dar madre mía de mi corazón por haberme traído a Sevilla junto al
Señor del Gran Poder. No puedo vivir sin ti, no puedo vivir sin Él. Te amo
Señor con todas mis fuerzas y bien sabes que no deseo mayor cosa en los días de mi vida que sentir que mis dos pequeñas niñas puedan quererte como te quiero yo.
Gracias
Gran Poder por estos dos padres que siguen entregándose en cuerpo y alma por mi felicidad, gracias
Señor por esta maravillosa mujer que me acompañará hasta que Tú me llames, por mis dos queridas niñas del corazón que alegran mi existencia, por mis hermanos, familiares y amigos. Te lo debo todo y en cambio nada puedo ofrecerte más que mi amor. Te prometo,
DIOS mío, que este único presente nunca te faltará.
Esta misma tarde he acudido, como tantas veces, a Tu Santa Morada para rezarte y no pude verte
Díos mío. Sentí un gran ahogo sobre mi pecho y percibí como las paredes del Templo se acercaban a mí hasta aprisionarme. Perdóname
Padre mío, pero olvidé que te encontrabas en cada lugar de este Mundo necesitado de Ti. Estabas en los cementerios consolando a quienes perdieron a sus seres queridos, en los hospitales aliviando el dolor de los enfermos, en las calles amparando a los desposeídos y en los asilos fortaleciendo los cuerpos envejecidos. Estabas en tantas partes
Señor mío y yo no pude verte.
Las niñas grandes de la Ciudad lloran desconsoladamente al sentir sobre sus cansados corazones las sangrantes heridas en el hombro del
Gran Poder. Rescataron de sus viejos armarios esos mismos rosarios que acariciaron entre sus arrugadas manos para rezar al
Señor la pasada Madrugá. Alzan la vista hacia Tu Camarín y descubren la Cruz que Tu cargaste y cierran con fuerzas sus ojos para volver a ver Tu Sagrado Rostro.
Con mis pies descalzos miro hacia la túnica de ruán que vestí la pasada Madrugá para, por primera vez, acompañarte y comienzo a contar los días, horas y minutos que me llevarán a seguir tu estela por las calles de Sevilla.
Donde hay caridad y amor, allí estás Tú,
Padre mío del
Gran Poder.
No encuentro palabras para agradeceros en justicia todo el cariño que me habéis dispensado en estos momentos de angustia. El
Señor os puso en mi camino para llenar mi soledad y para habitar en el más privilegiado lugar de mi corazón. Que Él os bendiga a todos.
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